La Nación: Despertar espiritual: el camino para una vida plena, un atajo a la felicidad
05/04/2026
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Testimonios íntimos de personas que se abrieron a una nueva conciencia y encontraron respuestas a las preguntas trascendentales; la importancia de buscar otra dimensión
Hace 10 años, el médico Francisco D’Angelo, desbordado por la demanda excesiva en su consultorio, necesitó parar y plantearse un cambio: tomarse en serio nuevas prácticas de desarrollo espiritual para encontrar su eje, volver a vibrar con su vocación y conectar desde un lugar más gozoso con sus pacientes. De la mano de una gran maestra, se sumergió en el chamanismo, la física cuántica, el hinduismo y el budismo (entre otras disciplinas). “Mejoré como doctor, puedo escuchar con más atención los padecimientos del otro, y disfruto el contacto con cada persona que se acerca a mi consultorio. Mis pacientes me lo agradecen. Lo poderoso es que, además de evolucionar en mi vida profesional, experimento mayor plenitud en lo personal”, dice este cirujano artroscopista del Mater Dei.Carlos Ponce (40) es un espartano en libertad, uno de los cientos de hombres que pasaron en los últimos 16 años por el programa que creó Eduardo “Coco” Oderigo, que intenta, a través del rugby, la espiritualidad, la educación y los oficios, reinsertar los reclusos en la sociedad y brindarles una segunda oportunidad. “En el penal conocí el amor divino. Cuando lo experimenté, la negrura de mi alma comenzó a ceder y poco a poco me convertí en un hombre mucho más luminoso. Me alejé de mis vicios y me saqué de mi espalda una mochila de 100 kilos”, cuenta. Hoy Carlos se siente orgulloso de ser un padre presente para sus hijos y un empleado responsable del Banco Macro, organización que se animó a ofrecerle trabajo cuando recuperó su libertad. “Vivo tranquilo y soy una persona feliz”, dice visiblemente emocionado.Alejado de su espiritualidad, Daniel Gutiérrez, empresario de 61 años, decidió, hace 8 años, participar con apatía de un retiro espiritual de una comunidad católica a la cual pertenecía su hija. Y allí ocurrió uno de los acontecimientos más importantes de su vida: se encontró con el amor de Dios y lo sintió de una manera tan poderosa que lo transformó por completo. Fue un antes y un después. “Todo lo que hacía giraba en torno a mí, era yo yo y más yo. Esa experiencia me regaló un nuevo corazón, mejoraron vínculos y me puso al servicio de los demás”, cuenta.La de Francisco, Carlos y Daniel son historias claras de transformación, de giros de 180 o 360 grados inesperados que toma el camino. Cuyo fruto es una alegría verdadera.Pueden parecer casos excepcionales, propios de una minoría. Tal vez no. Lo que sí está claro que acontece no a unos pocos, sino a todos, en algún momento de la existencia, es la necesidad de hacerse la pregunta por el sentido: el para qué vivimos. Que solo puede encontrar una respuesta en el despertar de la conciencia espiritual.Estas son las 10 virtudes de Aristóteles que siguen vigentes para ser feliz¿Por qué entonces resulta crucial cultivar esta dimensión de nuestro ser? ¿A qué nos referimos cuando hablamos de espiritualidad? ¿Una experiencia mística de pocos? ¿La sensación de estar medio volados, con los pies en cualquier lado menos en la tierra?No, todo lo contrario. Para el psicólogo Esteban Padilla, fue su cuerpo quien le permitió encontrar esas respuestas. “Habitarlo a través de la bioenergética fue el camino para tomar contacto con esa dimensión”, subraya. Para él, las grandes respuestas a las grandes preguntas, como quién soy y para qué estoy en este mundo, son de índole espiritual. Y solo esas respuestas llenan el vacío. Padilla subraya que, en la adultez, es crucial mantener el espacio interior espiritual abierto. “Mucho del sufrimiento humano adulto radica en la falta de conexión con la conciencia espiritual. Nos quedamos en el materialismo, en el hacer, en la idea infantil que fuimos desarrollando y, si en algún momento no podemos hacer el salto cuántico, permanecemos atrapados en el ruido interior”, explica.Algo mucho más grandePara Emmanuel Sicre, sacerdote jesuita, profesor de Letras, licenciado en Filosofía y Teología y rector del Colegio Inmaculado de Santa Fe, reconocernos seres espirituales significa tomar conciencia de que formamos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos. “Nos movemos en medio del misterio”, señala. “Es una forma de entender la existencia. El misterio impregna todo lo cotidiano. Darme cuenta de la inmensidad del universo y reconocerme ínfimo me hace abrir los ojos a esa dimensión infinita, ante lo cual solo cabe arrodillarnos y asombrarnos”, agrega Mario Quintana, economista, emprendedor, expolítico, activista en causas sociales y ambientales, y un gran estudioso de las diversas tradiciones religiosas y filosóficas.“Espíritu, –sigue Quintana– significa soplo de vida”. Para él, todo nuestro ser está preñado de ese aliento divino. El corazón del hombre anhela esa plenitud, ya que se experimenta incompleto.Espiritualidad es nuestra vida entera. Quintana cree imposible hacer una distinción entre espíritu y materia, como si corrieran en paralelo o como si el alma estuviera escindida del cuerpo. “Toda nuestra vida es espiritual. Somos espíritus encarnados o cuerpos espiritualizados”, añade Elizabeth Murphy, acompañante espiritual de vastísima trayectoria. Somos lo uno y lo otro. “Y además, seres necesitados e incompletos. Podemos disfrutar de un buen trabajo y una linda familia, pero seguiremos sintiendo un vacío en el corazón, que no es más que un anhelo de plenitud. Nada en el mundo puede colmarlo. Solo lo divino”, agrega Murphy. Por eso insiste en la importancia de cultivar esa actitud de humildad que nos permite darnos cuenta, lo más temprano posible, de que solos no podemos caminar.Quintana insiste en que nuestro corazón tiene experiencia de ese misterio, que se manifiesta como un conocimiento silencioso. “No se lo puede explicar con palabras, pero el corazón sabe de qué se trata”. Quizá sea el contacto con la inmensidad del cosmos, o el sentirnos parte de una misma humanidad, en comunión con todo lo creado, unidos por una red invisible, donde no hay separación posible. “En cada tú habita el gran tú. Cuando te veo a vos (en referencia a esta cronista), no veo solo una periodista, sino otro ser humano con quien me abro para compartir un encuentro gozoso”, agrega. ¿Una manera contemplativa de percibir la realidad? Ya no blanco y negro, sino luminosa y en 3D.Gonzalo Mieres, emprendedor y presidente de la Fundación Fénix en Uruguay (prima hermana de Espartanos), cuenta que en su búsqueda la introspección, la meditación y el silencio lo condujeron a un lugar donde el otro dejó de ser alguien distinto para convertirse en complemento. “En parte de ese todo que también soy, y que justamente señala aquello que a mí me falta. El amor, que es el lenguaje del alma, se nutre de lo complementario. Cuando me abre a esa verdad, el sufrimiento empieza a perder peso”, comparte. “Exacto”, agrega Padilla. “Ocurre algo paradójico cuando vivimos conectados con nuestra conciencia corporal y espiritual: podemos sentir la incertidumbre o el miedo por algo doloroso que está aconteciendo, pero al mismo tiempo, como mar de fondo, estar bien, confiados. Transitar la experiencia, pudiéndonos acompañar a nosotros mismos sin sufrimiento, con calma”.Muchas veces, esta experiencia de presencia y unidad con nuestro cuerpo y con la creación entera no aparece porque nos sentimos el ombligo del mundo, escindidos de todo. “Ese yo, yo y más yo”, al que se refirió Daniel. En sintonía con esto, Quintana describe tres heridas de la civilización actual que nos confunden y alejan de la verdad: la falsa idea de que estamos separados de la naturaleza (herida ecológica), de los otros (herida social) y de nosotros mismos (herida psicoemocional).La buena noticia es que distintas situaciones de la vida pueden ayudarnos a reconocer que vivimos interconectados e inmersos en el misterio. Momentos críticos donde el dolor estruja el alma, y miramos al cielo en busca de una respuesta que en algún momento llega. Eso le ocurrió a Rosa a los 30 años. “Caí en una depresión aguda y ni la psicoterapia ni los antidepresivos lograban sacarme del pozo y las ganas de morir. Entonces, no me quedó otra que recurrir a esa fuente divina con desesperación que poco a poco me sanó y pacificó”, comparte. También Murphy vivenció algo parecido. Su maternidad temprana estuvo marcada por una tragedia: la muerte repentina de su hija de tres años. “En ese tiempo necesitaba tirarme al piso para sentirme sostenida. Y le decía a Dios: ‘Si no hacés algo por mí, me muero’. Tuve la conciencia absoluta de que sola no podía seguir”, recuerda.Pero no solo el sufrimiento, también la sensación –que tarde o temprano llega– de darnos cuenta de que no controlamos casi nada, es puerta para conectar con lo divino. “No nos queda otra”, dice Murphy. “Y además, al dejar de querer manipular cada paso, ocurre algo grande: empezamos a leer desde otro lugar los signos que la vida nos va mostrando”, agrega Mieres.Los pensadores explican que otra vía clara puede ser la simple constatación de que nuestro cuerpo está regido por miles de mecanismos inconscientes que no dominamos. Por ejemplo, la respiración. “No controlamos la vida, es ella quien nos tiene. El ego nos hace creer que manejamos todo. Pero es una ficción. Cuando miro para atrás mi recorrido, reconozco hechos que no fueron decisiones enteramente mías: la concepción y el nacimiento de mi primer hijo, la posibilidad de escribir un libro con mi amigo, el hermano David Steindl-Rast (monje benedictino, autor y conferencista mundial). “Fueron regalos impensados, puro don”, afirma agradecido este lúcido pensador y escritor.En cada encuentro verdaderamente humano, en cada gesto de bondad, señalan los especialistas, podemos palpar eso inexplicable que está detrás o por debajo, sosteniendo con amorosidad todo, y entender así lo que significa la vida del espíritu. “Venimos del amor para regalar amor. Y hacer el bien nos hace bien”, sintetiza el jesuita Sicre. Ese fue el termómetro de Sara (56) para discernir si su búsqueda de sentido la estaba conduciendo a buen puerto. “En mi evolución espiritual, más de grande necesité buscar respuestas en diversas tradiciones de oriente y occidente. Pero mi brújula para evaluar si estas prácticas me hacían crecer fue siempre la misma: observar la calidad de mis vínculos y la paz de mi corazón. Hoy puedo decir con alegría que mis relaciones están muy bien y me siento más integrada, lo cual me impulsa a seguir”, explica. Padilla justamente explica que la espiritualidad va teniendo sus ciclos y etapas, y es necesario en la adultez encontrar un modo auténtico de vivirla.En el caso de Mieres, su desarrollo espiritual no fue algo abstracto o lejano, sino una práctica concreta. “Mi termómetro está en cómo trato a los demás, cómo asumo mis errores o qué capacidad tengo de volver a empezar. O sea, en vivir con mayor honestidad, conciencia y apertura”. “Y en esa manera de estar en el mundo, lo trascendente deja de buscarse. Simplemente aparece”, añade.El contacto con el deseoEso sí. Para Sicre, la clave para vivir en esa sintonía está en cultivar la interioridad y el deseo de encontrarnos con ese Amor, con mayúsculas. “A veces la gente me dice que no tiene tiempo para orar y le respondo que, si no encuentran momentos para compartir con seres queridos, es que aún no han reconocido a ese gran tú como un amigo cercano, la fuente donde colmar su vacío”, dice. Aquietar el cuerpo y la mente, entrar dentro de uno, habitar las emociones difíciles como la bronca, entender de dónde viene, trabajarla y elegir cómo responder sin reaccionar, nos hace libres. Claro que primero hay que detenerse, conocerse y luego obrar desde el amor. “Parar, mirar, actuar”, sintetiza el Brother David a punto de cumplir 100 años, desde Viena, donde comparte generosamente sus reflexiones con esta cronista.Para estos grandes pensadores, la tentación está en no dejarnos manipular por los miles de estímulos desenfrenados de la cultura actual que nos empujan al consumo desmedido, a un hacer frenético en pos de un rendimiento sin límite. “Cuando el motor no para, se quema”, grafica Sicre. Quintana cree que esto ocurre también debido al racionalismo materialista que impera en la modernidad, que utiliza todo lo creado como objeto personal de explotación. “Cosificamos la naturaleza, e incluso la persona es tratada como un recurso”, agrega preocupado.El buscado sitio de peregrinación que recuerda a San FranciscoInvita entonces a volver a la sacralidad, a la magia que envuelve todo, que nos humaniza y nos permite conectar con la fuente divina, vía directa para experimentar la belleza, el bien y la verdad.Eso es para él la vida plena. ¿Qué prácticas nos ayudan para no caer en el olvido?, se le pregunta. “Estar presente en el aquí y ahora es una experiencia de gran vitalidad. No atrapados en una mente egoica repasando el pasado con rencor o proyectados al futuro desde las expectativas y el temor”, continúa. Es decir, vivir el momento actual para entregarnos con confianza al río de la vida que quiere lo mejor para nosotros. Aunque no lo comprendamos. Insiste: “El corazón sí sabe de qué se trata”.Quizá eso sintió Sara en su camino de evolución espiritual. Cuenta que pasó de religiosidad institucional moralizante a una espiritualidad más anclada en el presente, donde el desarrollo de su consciencia corporal pasó a ser primordial. Integró su cuerpo y la razón dejó de ocupar el trono. “Hoy soy consciente de que algunos de mis pensamientos y emociones están heridos. Cuando quiero tratar de entender las injusticias del mundo, me complico. Sé que hay algo más grande, que todo tiene un sentido aunque no lo comprenda. En mi caminar, intento conectar con mi esencia que trasciende mi yo, repleto de juicios. Muchas veces tengo la tendencia a justificar un enojo por algún mal padecido, pero eso me achica. Ese puro ego. Necesito desidentificarme de esas razones y emociones. Eso para mí es vivir despierta y desarrollar mi conciencia espiritual, que es capaz de trascender mi cabeza para vivir inmersa en el misterio con gratitud”. Esa integración del cuerpo, “el habitarlo de manera consciente a través de la bioenergética”, fue también para Padilla lo que le permitió conectarse y encontrar respuestas a las preguntas más trascendentales.Escuchando cada testimonio y cada aporte de los filósofos y religiosos, resulta más fácil entender cuán importante es tomar conciencia de esta dimensión del ser que devuelve el encanto a todo lo creado. Y convierte el tiempo cronológico tal como lo conocemos en un “tempo” pausado y atemporal que ilumina y revitaliza. Despiertos, agradecidos, confiados y abiertos al asombro. “Encendiendo la propia luz del corazón”, remata el sabio Brother David. Para no apagarla nunca más.Volver a casaEl despertar espiritual del empresario Daniel GutiérrezHasta mis 53 años era el campeón mundial del YOYO. Primero yo, después yo y si había más tiempo, también yo. Mi vida giraba en torno a mí y a lo sumo, mi esposa e hija. Nada más. No se me ocurría mirar para los costados. Yo era el artífice de mi propio destino. Tenía un corazón de piedra. Durante mucho tiempo, mi hija adolescente me pedía con insistencia que la llevara a misa. No me negaba porque la amo. Apático entraba al templo con los brazos cruzados, aunque debo reconocer que me llamaba mucho la atención la alegría de los sacerdotes. No era lo que había visto de chico en mi entorno católico. De tanto acompañarla, su comunidad me invitó, un buen día, a un retiro espiritual. Fui motivado por una curiosidad. Quería preguntarle a uno de esos curas, de qué se reía cuando entraba a la iglesia, por qué tenía esa sonrisa dibujada en la cara. “Vine hasta acá para saber de qué te reís”, le pregunté directamente. Después de ese retiro, lo entendí.¿Qué me sucedió esos dos días? Vi con nitidez mi oscuridad y me encontré con Jesús vivo. Fue tan fuerte la experiencia que rompí en llanto. El sacerdote con quien me confesé, enseguida me abrazó y me dijo: “Bienvenido Dani, volviste a casa”. Nunca nadie me había abrazado así. Sentí que era Jesús el que me guardaba en sus manos. Como en la parábola del hijo pródigo, el padre me estaba esperando. No importaba mi pasado, él estaba allí parado. A partir de ahí me fui convirtiendo en otro ser humano. Al regresar del retiro, lloré durante varios días. “Es agua viva que brota de tu corazón y sale por los ojos”, me explicó un compañero de camino. Sí, era el Espíritu Santo que estaba trabajando en mí. Estaba transformando mi corazón de piedra en uno de carne. Ese encuentro vivo con Jesucristo fue un nuevo bautismo. Cambió mi forma de mirar, de escuchar; mis prioridades y vínculos. Transformó mi entorno: la relación con mi esposa, mi hija y compañeros de laburo. Al poco tiempo nos convertimos en familia en tránsito. Jesús visitaba mi hogar, se hacía presente 24/7. Un apostolado anónimo. Los bebés venían y se iban. Yo era testigo del plan de Dios en la vida de esos niños, de esas nuevas familias.Hoy, ocho años después de esa experiencia luminosa, formo parte de un grupo de hombres que cada jueves por la tarde camina los barrios periféricos del Gran Buenos Aires llevando el Evangelio, la Buena Noticia. No puedo callar lo que vi y oí. Me siento caminando en Galilea, desparramando esperanza y alegría a tanta gente que lo necesita. Y lo mejor de todo: soy inmensamente feliz.Palabras de un sabioReflexiones del Brother David Steindl-Rast desde su monasterio en Austria Cultivar la vida espiritual significa alimentar nuestra verdadera vitalidad, palpar el soplo de vida que anima a cada uno. La espiritualidad no está separada de la vida cotidiana, está entretejida en cada aspecto de nuestro ser: nuestros pensamientos, emociones, en cómo tratamos a los demás, y cómo nos vinculamos con el mundo circundante.Implica despertar todas las dimensiones de nuestro interior para experimentarnos realmente vivos. Encender la propia luz del corazón y desarrollar habilidades como la atención, la gratitud y la apertura. Eso sí: para conectar con el misterio es necesario ejercitar la pausa, la escucha profunda, y la habilidad de estar presentes. Prácticas simples como respirar a consciencia, dar un paseo por la naturaleza y apreciar su belleza, o vivir agradecidos, nos abren al asombro que está por debajo y contiene todo. Y a la profunda conexión con todo lo creado.Una espiritualidad viva nos transforma al regalarnos sentido, paz y confianza. Cuando rechazamos esta dimensión, corremos el riesgo de adormecernos y desconectarnos, como si la vida pasara de largo. En cambio, enraizados en ella, recuperamos vitalidad y somos capaces de responder a la creación con sensibilidad. Te invito a preguntarte entonces: ¿Recordás algún momento en que te sentiste plenamente vivo, profundamente tocado por la vida? ¿Qué fue lo que te hizo despertar en esa oportunidad? Simples preguntas para comenzar a andar.
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